Todo empezó en la clase de 6 a.m cuando mis amigas y yo decidimos que en la tarde comeríamos papitas grasosas, la expectativa en mi paladar crecía con las horas y añoraba el momento en que compráramos la misteriosa cajita blanca, que por supuesto ya había visto en fotos que mis compañeros con ánimo de presumir me mostraban cada vez que yo alardeaba el hecho de que no permanecía en la Universidad en las horas de la tarde.
La hora cero llegó y después de constatar que ese día no había clase de economía colombiana salimos por la portería de Barranquilla, pasamos el puente peatonal y desde las alturas observamos la fila que se extendía desde el carrito de las papas, "qué importa, esperemos" dijimos todas. Al llegar leímos la improvisada carta impresa en lona amarrada del carro-fogón, había un renglón que llamaba especialmente mi atención PAPAS CON QUESO Y TOCINETA $5000. ¡Esas son! ¡Esas son las papas grasosas! Después de la advertencia de la vendedora quien nos informó que antes de nosotros había cuatro pedidos de papas y seis de chuzos, decidimos esperar el tiempo que fuera necesario, al cabo de unos minutos que pasaron rápidamente gracias a los chismes de salón vimos como el chef empacaba en una caja de icopor una cantidad considerable de papas recién fritas, doraditas, deliciosas... luego tajó una generosa porción de queso mozzarella y lo puso a derretir en la parrilla al lado de una tocineta ahumada que desprendia un olor que despierta nuestros más bajos instintos carnívoros, cuando el queso estaba derretido cubrió las papas con un blanco manto celestial humeante y para coronarlo derramó la tocineta encima... Mi boca se hacía agua, debo confesar que amo la manteca, más que los dulces la grasa es mi mayor debilidad y espero morir de un infarto fulminante cuando la grasa tape mis arterias.... Luego nos hicieron la pregunta reglamentaria: "¿Qué salsas quieren?" gracias a la concesión que me hicieron mis amigas yo respondí: "Todas menos piña" y después de la lluvia de aderezos baratos culminamos nuestro diálogo con la vendedora diciendo: "Nos las empaca para llevar y por favor metes tres tenedores" creyendo que eramos unas miserables nos disculpamos a lo que ella respondió "Tranquilas que hay gente que pide papas de tres mil con siete tenedores" ese comentario nos reconfortó.
Nos dirigimos de nuevo al campus con nuestro preciado paquete, nos sentamos y comimos extasiadas, Yésica y yo luchamos por las últimas papitas mientras que Kim nos miraba anonadada. Nos despedimos.
Camino a casa me empezó a doler el colon y sentí una leve resaca de colesterol, pero lo importante es que fui feliz. Pensamos volver costumbre esta conducta, sobre todo en la convicción de obligatoriedad. El próximo miércoles volveremos y así hasta que se acabe el semestre. Amén.